miércoles, 31 de agosto de 2011

Año 2000

"Las aparicines suceden cuando estás distraído. Cuando el mundo va penssando en su movimiento de traslación o en otra cosa igualmente banal.

La China y Damián iban apoyados uno en el otro, pensando en quién sabe qué, cuada uno por su lado, sin mirarse pero tocándose, repegados entre sí y sitiados por otros cuerpos, de pie en el vagón del metro. Cuando lo abordaron eran las seis y media según el reloj del andén.

Llegará puntualmente, si acaso en los diez minutos de tolerancia, pero no va pensando en eso, su mente divaga, obserba rostros, sonrisas, atuendos, dentaduras. Entre los pasajeros son más las caras serias, preocupadas, tensas. Son menos las caras sonrrientes, los gestos relajados. Es coda de edad, piensa; en este vagón los jóvenes sonríen, casi todos; los viejos en cambio, casi ningno. Pero no, no es la edad, mira a un viejo que sonrié todo el tiempo con su boca desdentada, parece que nada le preocupa, o ya le preocupó todo lo que tenía que preocuparle, y no le queda sino reír, hay otro que disfruta su periódico deportivo, alguien metió un golazo, según la foto sepia de la primera plana; un hombre de edad indefinida vestido de traje, aún no es viejo, se le dibujan tres renglones en la frente de tanto tener el ceño fruncido; una mamá joven y atractiva agarra, literalmente agarra, a su hijo pequeño, sin ocultar un gesto de angustia.

No, no es la edad, piensa, o no solamente, si no las circunstancias, la suerte. Dios repartio la suerte de manera carprichosa. Es la estrella de cada uno, la mía, por ejemplo, me abandonó de repente, sin motivo,y ahora vuelve a brillar..."

Francisco Pérez Arce
Hotel Balmori
Editorial Joaquín Mortiz

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